Por mandato del rey, el poderoso escocés Alec Kincaid debe casarse con una joven inglesa. La elegida era Jamie, hija menor del barón Jamison, una belleza de ojos color violeta. Alec ansiaba acariciarla, domarla, poseerla.... para siempre. Pero Jamie había jurado que jamás se rendiría a ese bárbaro de las Tierras Altas.Él era todo aquello contra lo cual el corazón de Jamie estaba en guardia: un pícaro arrogante y bien plantado cuyo aspecto rudo insinuaba placeres salvajes. Pero aunque los besos de fuego de Alec encendían su sangre, Jamie se le resistía implacablemente.
¿Cómo se puede pasar en apenas tres días del éxtasis a la indignación más absoluta? Pues leyendo los denominados "clásicos de la literatura romántica". Si mi anterior reseña destilaba amor y devoción por las novelas de antes, ésta ha sacado de nuevo el hacha de guerra que tenía enterrada desde hace tiempo. ¡Esto es un horror de libro! Y ya no hay excusas, porque Una rosa en invierno es de 1982 y La novia rebelde de 1989. Nada justifica este horrendo sinfustismo mal escrito que nos brinda Julie Garwood. A esta perpetradora la voy a poner a la cola de las autoras que hay que echarse al cuerpo sí o sí por ser de las de toda la vida. Juro que no había leído cosa más pobre en cuanto a contenido y forma desde ciertos truños que leí y prefiero no recordar.
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| Yo mientras leía este coñazo supremo |
Supongo, queridas, que recordaréis cómo se inauguró el Club del Porro: con La novia cautiva. Por lo que se ve, todas aquellas novelas que llevan en su título la palabra "novia" van a ser un desastre. Ojo, la de la Lindsey al menos tenía una redacción aceptable, pero lo de Julie Garwood es otro nivel: el subterráneo. Yo creo que quiso fumarse un canuto para escribir y no tenía marihuana a mano, así que saqueó el cajón de la mesa de estudio de su hijo, dio con el pegamento Imedio y a aspirar para que llegaran las musas. Lo que ella no sabía es que no es lo mismo colocarse con hierba que con sustancias químicas artificiales.

De la sinopsis que ronda por ahí no hay que hacer caso. Eso de que "ella se le resistiría implacablemente" es la mentira más grande que he visto nunca en una contraportada. Pero empezaré por el principio. Se nos presenta a la jovencita inglesa Jamie Jamison como un dechado de virtudes al estilo McGyver, capaz de hacer gestas tales como cazar con arco (que no está mal), curar lo incurable (oig), hablar gaélico (fíjate tú) y algo tan útil como saber montar de pie sobre los lomos de su yegua. Aunque es la menor de la familia y ni siquiera es hermana real de sus hermanas (paso de contar el lío de esa casa, que parece la familia Preysler-Iglesias-Falcó-Boyer), es tan guay del Paraguay que las defiende a todas, las cuales son un hatajo de lloronas insoportables. El personaje de Jamie apestaba a pichotismo desde el minuto uno, y es que me recordaba a esa otra Pichote insigne llamada Megan y protagonista Deseo concedido. Para mí que la Maxwell se fue a buscar la inspiración en los clásicos, pero no tuvo otra idea que agarrar la novela más mala que había, con el amplio abanico que hay para consultar.
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| Más de una lo está, desde luego |
El caso es que a Jamie y a una de las lloronas las casan por mandato real con Alec Kincaid y Daniel Ferguson, dos highlanders temibles, fieros, bárbaros y blablablá. Casi medio libro trata del viaje desde Inglaterra hasta Escocia, y ya la primera noche la supuesta novia rebelde que jamás se rendiría al bruto escocés recibe un besarraco con lengua invasora y le falta tiempo para abrirse de piernas. Me explique usted, señora Garwood, dónde está la resistencia de la gran Jamie indomable, fuerte y cabezona (que para muchas escritoras de romántica esto último es una gran cualidad que da calidad al personaje, y lo que consiguen es que acabes de ellas hasta el cardado, por no decir hasta el toto). Empezaba a sospechar que la historia no iba a mejorar, sino todo lo contrario, y no me equivocaba.

Como era de esperar, al llegar a las tierras de Alec, Jamie sufre el rechazo de algunos por ser inglesa, por ser la segunda mujer de Kincaid y porque la va liando parda con su fuerte carácter aka pichotismo, pero poco a poco se va ganando a la gente gracias a sus grandes cualidades (de verdad, es que me daban ganas de vomitar). El argumento a partir de aquí es el nadismo más absoluto, el vacío total, una sucesión de situaciones sin interés ninguno aderezadas con algún casquete. En el prólogo te presenta un texto en cursiva narrado en primera persona que se supone que es alguien que ha asesinado a la primera esposa de Alec haciendo creer a todos que se suicidó. De vez en cuando hay un párrafo semejante, pero nos importa un pijo quién es porque se intuye desde el principio, no hay misterio ninguno.
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| Imágenes de la mente de Julie Garwood mientras escribía |
La relación entre Alec y Jamie se basa en la nada, sólo en que ambos piensan que, ay, me quiere, ay, lo quiero, ay, no se lo digo, ay, no me lo dice, ay, que si le digo a ella que la quiero soy débil, ay, que necesito que me diga que me quiere... Pichoteces una detrás de otra. Entre tontuna y tontuna, hay follisqueo con algún Scottish breakfast e interrupción del sueño que no salvan la novela tampoco. Personajes planos, incongruencias históricas (dice que los escoceses llevan vestido), mala redacción y lo que ya me ha parecido insoportable es la manera de la Garwood de escribir los diálogos. ¿Cuántas veces se puede decir en una conversación el nombre de la otra persona? Esta señora no tiene límites. Ejemplo:
-Jamie, blablablá -dijo Alec.
-Blablablá, Alec. Porque blablablá, Alec -dijo Jamie.
-Blablablá, Jamie -respondió Alec.
-Alec, blablablá -asintió Jamie.
Y sustituya usted los nombres propios por "esposa" y "marido" y ya es para pegarse un tiro. No podía más, en serio. Las últimas páginas las he leído en diagonal. Y el final es de vergüenza ajena, primero por la tonta resolución del misterio del asesino, y después por esa reunión al estilo gitano de Deseo concedido con todos los que iban a declarar la guerra a Alec por las pichotadas de Jamie rindiéndole homenaje a la chica por ser la mujer más maravillosa del mundo: curar enfermos, salvar a niños de ataques de jabalíes, rescatar a niñitas de familias que las maltratan y encontrar la piedra filosofal y la cura del cáncer ya si se pone.
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| Pues casi |
Por todo esto, recibe en nuestro Gandymetro...
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| Alec, me da igual que hagas Scottish breakfast |
P.D.: Sé que en esta reseña digo mucho la palabra Pichote y sus derivados, pero todo sea por dejar claro que de pichotismo va la cosa, ya que no hay otra manera mejor de definir este libro. Y que mi estilo aquí haga juego con el redundante de Julie Garwood. Porque yo lo valgo.